Celebrémoslo con alegría

DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

En esta fecha se instala el tiempo de la reflexión en todo el mundo, para ambos géneros. Sin fronteras étnicas, lingüísticas, culturales, económicas ni políticas, los grupos femeninos se unen para regocijarse por lo que han conseguido a favor de la igualdad, la justicia, la paz y el desarrollo. Sabemos que aún necesitamos conquistar esa igualdad de derechos para toda la humanidad.
El Día Internacional de la Mujer se refiere a las mujeres anónimas, a las que no han sobresalido en la historia, sino que su lucha ha pasado inadvertida, en evidente desigualdad respecto al hombre.
En la antigua Grecia, Lisístrata empezó una huelga sexual contra los hombres para poner fin a la guerra. En 1405, la intrépida francesa Christine de Pisan, cuestionó a la sociedad que diferenciaba a hombres y mujeres en cuanto a jerarquías y funciones. Pero en los siglos XV y XVI hubo miles de ejecuciones en Alemania, Italia, Inglaterra y Francia; el 85 % de los condenados a la hoguera por brujería eran mujeres de todas las edades, desde niñas hasta ancianas.
Fue con la Revolución francesa y sus ideales de justicia y fraternidad, cuando un grupo de hombres y mujeres empezaron a comprender que la igualdad era para todos los individuos o no lo era para nadie. Uno de los que se atrevió a denunciar la situación de la mujer fue el filósofo francés Condorcet, quien participó en la redacción de la Constitución revolucionaria, y en 1790 escribió un ensayo “Sobre la admisión de las mujeres en el derecho de la Ciudad”. Fue muy importante la intervención de estos hombres no sexistas, porque era necesario tener cultura para poder asumir una actitud crítica, y las mujeres de la época carecían casi por completo de educación. A partir de esta circunstancia empezaron a aparecer por toda Francia, y luego por Europa, clubes y asociaciones de mujeres, y hubo revolucionarias feministas famosas, como Olympe de Gouges y Théroigne de Méricourt. Aunque ese ensueño de justicia y libertad duró poco, y el prejuicio sexista volvió a atacar a la mujer. Théroigne fue apedreada por un grupo de “ciudadanas”, si bien no murió, enloqueció y pasó el resto de su vida en un manicomio. Olympe fue guillotinada en 1793, y se prohibieron los clubes de mujeres. A Condorcet, ese mismo año Robespierre lo condenó a muerte, el filósofo prefirió envenenarse en su primera noche de cárcel.
Solo unas cuantas décadas después, a mediados del siglo XIX, se creó “la cuestión de la mujer”, entonces, la mujer pasó a considerarse un problema social. Se reconocía que las mujeres eran personajes activos e importantes dentro del entorno doméstico, pero la revolución industrial había acabado con la vida familiar tradicional y ellas se quedaron sin un lugar propio en el mundo. Esto y la falta de perspectivas vitales, en una sociedad positivista y cientificista, aumentaban las depresiones y las angustias femeninas. En la resignificación de un universo sin Dios, la mujer fue una incógnita más de la existencia, un misterio que había que desvendar en términos científicos. De ese modo, las mujeres se convirtieron en objeto de estudio, y los hombres las medían de acuerdo con sus propios valores y características. Claro que, desde la perspectiva de lo viril, la mujer fue vista como una anomalía, un ser enfermo, sujeto a menstruaciones y dolores, además, la moda del corsé -torturante e insana- llegaba a torcerles las costillas y a provocar desplazamientos de útero y de hígado, lo que fomentaba los ahogos y los desmayos. A fines del siglo XIX y principios del XX hubo una epidemia de anoréxicas, otras fueron pacientes con extrañas patologías, y otras, las histéricas de Freud. El novelista Henry James plasmó el prototipo de la mujer de su época, inteligente y apasionada, pero acorralada por las circunstancias sociales. Su propia hermana, Alice James, a pesar de ser una mujer sensible y creativa, no pudo ir a la universidad ni recibió el apoyo necesario para dedicarse a la literatura, como su hermano.
Tiempos difíciles para todas las mujeres, las de clases más bajas porque, además de sufrir turnos de dieciséis horas en las fábricas, parían y atendían sus hogares; las de clase media y alta vivían prisioneras en cárceles de oro. Las heroínas de la literatura decimonónica; Ana Karenina, Emma Bovary, Ana Ozores, son exponentes de esas vidas sin sentido, castigadas con dureza por transgredir normas rígidas e intransigentes.
A pesar de todo, hubo mujeres, pocas, que no se sometieron a las humillaciones, lucharon contra sus peripecias existenciales, fueron capaces de sobreponerse, y salir airosas de las más penosas circunstancias. Mujeres creadoras, guerreras, aventureras, políticas, científicas, religiosas, altruistas, generosas, que han tenido el coraje de escapar de destinos tortuosos, tan aniquilantes como la propia muerte.
A todas, a las valientes y a las pusilánimes nuestro respeto, nuestra comprensión y nuestra memoria, y evitemos que se cumplan las palabras de la escritora italiana, Dacia Maraini; “Las mujeres cuando mueren lo hacen para siempre, sometidas al doble fin de la carne y del olvido”.

Por Celeste Paiva

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