El vacío súbito de la muerte

“Como un cuerpo que tras la asfixia de las olas se abandona al mar que lo anega …”

Así quisiera volver a la ciega fe religiosa de mi infancia, del colegio de hermanas María Auxiliadora. Cuando no discutía la justicia del Hacedor, ni la ponía en duda, cosa difícil, aún para una niña rebelde, pero de creencias hondas y arraigadas.

Algunas veces, una siente como si estuviera frente a dos enemigos: uno al frente y otro a espaldas, sin querer seguir adelante y sin poder volver atrás. Aunque, en estas circunstancias, de haber sido posible, hubiera preferido volver atrás, para evitar la melancolía de un destino incierto y la desesperación de la impotencia frente a la muerte.

Roberto Dávila falleció en Montevideo. El velatorio ocurrió en Artigas, a la tarde del domingo 27. Lo sorprendió la enfermedad, y a nosotros la noticia de su muerte. Acababa de realizar el viaje soñado, cuando, súbitamente se presentó el otro, el no deseado.

Como decía el poeta, Luis Cernuda: “El murciélago y el mirlo podían disputarse por turno el dominio de su espíritu”. Lo que equivale a decir que, si bien era algo gruñón, su sensibilidad actuaba en cada problema que debía resolver. Como unidad de sentimiento y consciencia, respondía a las necesidades y exigencias de su tarea administrativa, primero en el Liceo Departamental, y luego en la secretaría del Liceo 4, sin dejarse desviar por ninguna influencia externa, ajena a su función.

La vida, llena de sí misma, lo anudó a su familia con el lazo resistente del cariño. Como quien coloca la piedra fundamental del proyecto edilicio, así, Roberto inició su vida matrimonial con Jovita Peruchena, y ella construyó el hogar. Los tres hijos, Marcelo, Mauricio y Alexandra, se nutrieron del amor y galardonaron la dedicación de los padres. La fundación estaba consolidada en fortaleza, con los hijos convertidos en baluartes de una felicidad conquistada. La vida ofrecía su mano llena de promesas, pero de pronto, intempestivamente, la sustrae, la esconde, la niega, descarga su golpe brutal.

Despojados bruscamente de la compañía de alguien tan querido, no pueden evitar que la mirada angustiada se vuelva hacia el pasado feliz, de días claros, solo recobrados a través de los recuerdos. Y en eso se funda el atractivo del recuerdo, en la emoción intemporal de un evocar que sustituye lo presente sin tiempo. Ahí está lo misterioso, en la emoción que nace al alumbrarse en la memoria el recuerdo, para ocuparse del vacío que dejó la muerte.

Por Celeste Paiva

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