Mirta Tió Hollidge

“Me adherí a la noche / que con grandes ojos / miró con asombro / mis nacientes alas.”

El lunes 21, del corriente mes, fue un día triste. Apenas comenzaba la semana, a las tres de la madrugada, un llamado, que era el aviso, la despedida del espíritu alado, porque Mirta desplegaba sus nacientes alas “Como levitando / entre mariposas”, rumbo a la eternidad, para fluctuar sin espacio ni tiempo. Como arrancada del sueño, sin lágrimas ni esperanzas.

Del mismo modo que tantas otras veces, las hijas escucharon su voz en el teléfono, con los matices conocidos, del cariño acumulado; pero esa noche… sonaba a despedida. Se cerraba el círculo de la vida, y Mirta tal vez lo presentía. Desde el fondo de la noche, comprendía que no sirven los cerrojos ni las trancas para detentar la vida. Entonces, su intuición le dictó aquellos versos “le tiré a la luna / mi piel de cordero / recogí el guante / que me tiró la vida” de su poema “Al fin de pie”.

Lila Mirta Tió Hollidge nació en Bella Unión, el 17 de octubre de 1934. Tenía veinte años, cuando se entregó a la enérgica vocación que la impulsó a ser maestra. Inquieta y ávida sembradora de cultura, lejos del riguroso arbitrio, la relación con sus alumnos era de humildad y respeto mutuo. Estaba intrínsecamente conectada con ellos en su proceso de conocimiento. Solía involucrarlos en sus creaciones literarias: después de leer un cuento, los invitaba a que se aventurasen a proponer un título. Lograba poner en práctica ese tipo de educación que provoca críticamente la conciencia del niño.

Asumió la escritura con el mismo compromiso de la docencia. Su poesía es un cántaro en el que abrevar la sensibilidad, con el agua de su verbo claro y de nutrientes poderosas. Los personajes de sus narraciones son seres simples, resignados, castigados por la caricia arisca del dolor humano. Ella entendía que solo de la misericordia emergemos mejores, que no es la dicha la que nos perfecciona, es el dolor el que nos sublimiza.

Mirta sabía prestar su fuerza a los que iban quedando sin esperanzas, su palabra, para ayudar a entender la vida. Su fe y su empuje son el espejo en el que podemos contemplarla.
“Lector, lo tienes ante tus ojos y en cada página que leas, encontrarás una pequeña parte de mí.” Con este aserto, cierra el prólogo de su último libro “Cuentos y poesías del alma”, diagramado, encuadernado y editado por su hermano, el Dr. Edgardo Tió.

Todas son redes, conexiones, aunque los momentos sean diferentes, Mirta estuvo presente en mi adolescencia, y luego, en mi edad adulta. Durante las tertulias en casa de su hermano, el Dr. Tió “Baby”, y su cuñada, “Nené”, asistía a los entretenimientos observando con simpatía, dulce, prudente; conversaba con todos, compartía recuerdos con sus hermanos y narraba episodios del pasado. Niños y adolescentes, sobrinos e hijos de amigos, todos quedábamos atrapados en la magia de sus relatos. Muchos años después, nos reencontramos. Me encargó la presentación de su último libro, compartimos las reuniones de la Asociación de Escritores, integró el libro del Taller de Creación Literaria de UNI 3, además de otras actividades culturales que también nos congregaron. En todas las circunstancias establecidas, había un misterioso relato, de complicada trama, que Mirta nos contaba con todos sus pormenores. Seguía escribiendo, incansablemente, y aún mantenía el placer de la narración oral.

Por Celeste Paiva

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