VIOLENCIA DOMÉSTICA: UN PROBLEMA DE PROPORCIONES CRECIENTES

La preocupación de la sociedad por los casos de violencia intrafamiliar está aumentando, a la vez que crece la concienciación sobre una realidad que en el pasado quedaba limitada a la intimidad del hogar. Según la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente un tercio de las mujeres que han mantenido una relación de pareja han sido víctimas de violencia física y/o sexual. En algunos países, la cifra de mujeres víctimas de violencia doméstica ronda casi el 40%.

De acuerdo con un estudio realizado en la Universidad de Tuzla, de las mujeres que sufren violencia intrafamiliar, el 33,3% son víctimas de maltratos físicos, el 25,2% sufren abusos sexuales y el 25,2% son maltratadas psicológicamente con frecuencia. De hecho, en el 96,4% de los casos, las víctimas sufren tanto violencia física como psicológica.

Si le echamos un vistazo a la situación de los niños, las cifras no son menos preocupantes. La ONU estima que cada año entre 133 y 275 millones de niñas y niños son víctimas de la violencia dentro de sus propios hogares, un espacio donde deberían encontrar protección y afecto.
Por lo general, las madres son quienes ejercen con más frecuencia la violencia hacia sus hijos e hijas. Pero son los padres quienes suelen cometer abusos sexuales y ejercen maltratos que generan lesiones graves o incluso mortales.
Con estas cifras en mente, la mejor manera para luchar contra la violencia intrafamiliar consiste en darle publicidad, sacándola de las cuatro paredes del hogar para eliminar el estigma que la rodea. Al fin y al cabo, como dijo Jean Paul Sartre: «La violencia, sea cual sea la forma en que se manifieste, es un fracaso«.

VIOLENCIA INTRAFAMILIAR: CUANDO VÍCTIMA Y MALTRATADOR VIVEN BAJO EL MISMO TECHO

La violencia intrafamiliar es una triste realidad que se ha asentado en muchos hogares dejando a su paso profundas heridas emocionales. Ya sea la violencia de pareja, filio-parental o entre hermanos, sus consecuencias son devastadoras para quien la sufre, afectando seriamente el equilibrio familiar.
Las víctimas de la violencia intrafamiliar suelen ser las personas más vulnerables y dependientes, como los niños, las mujeres, los ancianos o los enfermos. Sin embargo, en todas las relaciones donde exista un gran desequilibrio de poder, hay una persona propensa a convertirse en la víctima de un maltratador.

¿Qué es la violencia intrafamiliar?
Por definición, la violencia intrafamiliar, también conocida como violencia doméstica, es aquella que ocurre en el seno de la familia, entre personas que comparten el mismo techo. Engloba un conjunto de acciones que atentan contra la integridad física, psicológica, social y/o económica de algún miembro de la familia.
La violencia intrafamiliar puede manifestarse como una violencia directa a través del maltrato físico, pero también puede adquirir tintes más sutiles. En ese caso se trataría de una violencia intrafamiliar psicológica marcada por comportamientos como el acoso, la intimidación, las humillaciones, la coerción económica y/o el tratamiento de silencio (dejar de hablarle a alguien como castigo).

El perfil del maltratador
Cuando se hace referencia al maltratador, casi siempre se caricaturiza. A menudo se piensa en personas con bajo nivel educativo y económico, incluso con problemas de consumo de sustancias. Sin embargo, la violencia intrafamiliar puede colarse en cualquier hogar porque el perfil del maltratador es más amplio.
De hecho, si dejamos a un lado los estereotipos y un grupo de personas se reuniera en una habitación, sería difícil determinar quiénes son los hombres y mujeres maltratadores porque no existen signos externos que los desvelen. El perfil del maltratador psicológico, por ejemplo, incluye rasgos como la aparente amabilidad. Por eso, a muchas personas del entorno cercano les resulta difícil imaginar lo que sucede entre las cuatro paredes del hogar. Muchos maltratadores son muy hábiles cubriendo sus huellas.
No obstante, las características del maltratador más comunes son:
• Busca controlar a la víctima. El maltratador siempre intentará dominar y controlar completamente a su víctima. Construirá una relación de dependencia y sometimiento en la que asumirá el control de la situación. Para lograrlo someterá a su víctima, ya sea recurriendo a métodos físicos o psicológicos.
• Baja autoestima. Aunque el maltratador proyecta una imagen de seguridad y poder, en realidad posee una baja autoestima. La violencia y el control que ejerce sobre los demás es la expresión de una escasa confianza en sí mismo, la cual les lleva a dominar a los demás para sentirse bien consigo.
• Expectativas o demandas poco realistas. El maltratador exigirá a su víctima que se comporte tal y como desea, aunque sus exigencias no sean razonable. De hecho, esta persona suele albergar expectativas poco realistas que se traducen en demandas irracionales hacia su víctima.
• Escasa tolerancia a la frustración. El maltratador es una persona que pierde la paciencia rápidamente. Cuando algo no sale según sus planes, se frustra con facilidad y descarga ese enojo en su víctima, que se convierte en su «saco de boxeo». Ello implica que se trata de personas rígidas que reaccionan mal ante el estrés.
• Dificultades para gestionar sus emociones. El maltratador no se caracteriza precisamente por su granularidad emocional. Es una persona a la que le resulta difícil gestionar sus emociones, por lo que cuando se siente contento puede ser la persona más amable del mundo y desvivirse en atenciones hacia su víctima, pero cuando se enfada su modo de comportarse cambia drásticamente. En el fondo, esa labilidad emocional es una expresión de su incapacidad para reconocer y gestionar sus emociones asertivamente.
• Hipersensibilidad. El maltratador suele ser una persona hipersensible, lo cual está dado por su baja autoestima. Es habitual que asuma cualquier comportamiento de los demás, y de su víctima en especial, como un ataque personal y reaccione poniéndose a la defensiva.
• No asumir responsabilidades. Es raro que un maltratador asuma la responsabilidad por sus comportamientos. Lo habitual es que culpe a su víctima, lo cual la pone en una posición de indefensión total. El maltratador suele creer que la culpa de la agresión es de su víctima porque se ha comportado mal y así se lo hace saber.
En algunos casos, el maltratador también puede sufrir un trastorno de personalidad, o lo que se conoce como “personalidad acentuada, lo cual significa que aunque no padece un trastorno psicológico, presenta rasgos personológicos que se desvían de la norma. Las personalidades más propensas a cometer abusos son:
• Personalidad antisocial. Se trata de personas que muestran un patrón de desprecio por los derechos de los demás y las reglas de la sociedad. Quienes padecen un trastorno de personalidad antisocial tienden a mentir, se comportan de manera agresiva, violan la ley y no suelen tener remordimientos por sus actos. Es el tipo de maltratador más peligroso ya que puede llegar a cometer actos físicos extremos contra su víctima.
• Personalidad narcisista. Se trata de personas que se creen superiores a los demás, de manera que exigen su admiración y pleitesía. Quienes sufren un trastorno de personalidad narcisista exageran sus logros, son arrogantes, creen que tienen derecho a todo pasando por encima de los demás y no dudarán en explotarlos para lograr sus objetivos.
• Personalidad límite. Se trata de personas que mantienen relaciones muy intensas e inestables, marcadas por los vaivenes de su estado de ánimo. Quienes padecen un trastorno de personalidad límite tienen problemas para controlar sus impulsos, por lo que pueden reaccionar con una ira desmesurada, desarrollando a menudo una actitud paranoica.

El perfil de la víctima
Aunque solemos pensar en la víctima como en una persona dependiente y sin fuerza de voluntad, lo cierto es que se trata de estereotipos que no se corresponden plenamente con la realidad.
Cualquier persona puede convertirse en la víctima de un maltratador ya que generalmente la violencia intrafamiliar es el resultado de una relación de dependencia y sumisión que se ha ido gestando a lo largo del tiempo. Durante esos meses o años, el maltratador usa diferentes estrategias de manipulación, muchas veces basadas en el vínculo afectivo que ha construido con su víctima, para arrebatarle su autoestima y autoconfianza.
Obviamente, las personas que sufren un trastorno dependiente de la personalidad o que tienen rasgos dependientes muy acentuados serán más propensas a sufrir maltrato ya que sienten una necesidad excesiva de que se ocupen de ellas, presentando comportamientos de sumisión y experimentando un gran miedo a la separación o a ser abandonados.
Algunas características de las personas que pueden convertirse en víctimas con mayor facilidad son:
• Dificultades para tomar decisiones si no reciben orientación y validación por parte de alguien más.
• Necesidad de que otras personas asuman la responsabilidad en las áreas más importantes de su vida, de manera que suelen ceder con más facilidad el control, primero para las decisiones importantes y luego para las más nimias.
• Miedo a expresar su desacuerdo por temor a perder el apoyo o la aprobación de los demás, lo que las pone en una situación de vulnerabilidad de sus derechos más básicos.
• Se siente incómodo o desamparado cuando está solo, por lo que necesita mantener relaciones con los demás, que se convierten en su fuente de protección y apoyo.
• Dificultades para cuidar de sí mismo dadas por una profunda inseguridad personal y la falta de confianza en sus capacidades.
El ciclo de la violencia intrafamiliar
Al incio de cualquier relación, es difícil que aparezca la violencia ya que normalmente el maltratador primero necesita dominar a su víctima. La violencia suele desatarse después de un tiempo, tras pasar por una serie de fases que es importante conocer.
Leonor Walker, una psicóloga estadounidense que ha dedicado décadas a investigar la violencia doméstica y de género, ha determinado las diferentes etapas del ciclo de abuso. No obstante, vale aclarar que cada relación es diferente, por lo que las fases pueden durar tan solo algunas semanas pero en otros pueden prolongarse durante años.

Fase 1. Acumulación de tensión
A medida que la relación avanza, se va acumulando el estrés y la tensión, de manera que el maltratador comienza a mostrar un comportamiento más agresivo hacia su víctima. En un primer momento esa agresividad se limita a los puñetazos en la mesa, dar portazos o romper cosas. De hecho, ese tipo de comportamientos violentos actúan como una válvula de escape para liberar la tensión.
Sin embargo, poco a poco la violencia que se centraba en las cosas se va desplazando hacia la persona. Es habitual que el maltratador comience con el abuso verbal y las humillaciones para luego pasar al maltrato físico.
En esta fase, la víctima responde intentando aplacar al maltratador con el objetivo de evitar los estallidos violentos. La persona intentará calmar al maltratador, hacerle entrar en razón, satisfacer sus necesidades e incluso anticiparse a las mismas para evitar que se enfade.
Esa actitud sumisa para evitar más peleas termina dando alas al maltratador, que intentará controlar cada vez más a su víctima, muchas veces generando una relación de dependencia y sometimiento. Lo más terrible es que en esta fase, la víctima ya comienza a sentirse culpable, cree que el maltratador reacciona violentamente por su culpa.

Fase 2. Explosiones agudas de violencia
En esta fase, el maltratador siente la necesidad de descargar la tensión acumulada, por lo que comienza a usar a su víctima como un «saco de boxeo», en el sentido literal o figurado, en el cual descargar todas sus frustraciones.
En comparación con la fase precedente, esta etapa del ciclo se caracteriza por un mayor grado de planificación. El maltratador no se deja llevar por sus impulsos, sino que realiza una elección consciente. Decide en qué lugares es más conveniente desatar su ira (normalmente en el hogar para que no haya testigos) y qué zonas del cuerpo golpear para que su víctima no levante sospechas.
En esta fase la víctima intenta calmar al maltratador o se protege como puede. Generalmente, debido a la relación de dependencia que se ha instaurado y los profundos daños a la autoestima, muchas víctimas sufren pasivamente esperando que la explosión de ira dure lo menos posible y sea lo menos destructiva posible. Esto denota que la víctima ha caído en la indefensión aprendida; o sea, se ha resignado a la violencia.

Fase 3. Arrepentimiento y Calma
Esta fase del ciclo de la violencia se caracteriza por la calma. El maltratador no se muestra violento e incluso saca a la luz su cara más amable y cariñosa. En algunos casos se arrepiente de lo que hizo y pide perdón, prometiendo que no volverá a suceder.
Generalmente la víctima le cree y se ilusiona pensando que el cambio realmente se producirá y será definitivo. También es habitual que perdone a su maltratador, sintiéndose aliviada e incluso contenta porque la pesadilla haya “terminado”.
En algunos casos, el maltratador incluso puede asumir la responsabilidad por lo ocurrido y promete buscar ayuda. El problema es que sin una intervención psicológica que le permita aprender técnicas de gestión del estrés y estilos relacionales más asertivos, es probable que el ciclo de violencia se perpetúe. De hecho, no es inusual que se produzca una escalada en la violencia ya que el maltratador pierde cada vez más el control.

¿Por qué la víctima de la violencia intrafamiliar no sale de esa relación tóxica?
Las estadísticas indican que las víctimas de violencia doméstica soportan una media de siete ataques antes de buscar ayuda o escapar de esa situación. En muchos casos, esa relación se mantiene durante años.
Hay que comprender que el hogar y la familia, como regla general, son nuestra principal fuente de seguridad emocional. Ser maltratado en el lugar donde supuestamente debemos estar a salvo es una experiencia psicológica devastadora que desmorona todas nuestras certezas y seguridades.
En sentido general, las principales razones que llevan a una persona a mantenerse en una relación abusiva son:
• Dependencia económica. Es común en los casos de violencia paterno-filial, cuando los hijos dependen económicamente de los padres, o en la violencia de pareja, cuando la víctima no tiene otro sitio donde vivir ni posee medios de subsistencia propios.
• Falta de apoyo emocional externo. La víctima se siente sola y no sabe a quien recurrir o no tiene una persona que pueda comprenderla y ayudarla a salir de su situación. Normalmente el maltratador ha ido haciendo un trabajo psicológico para hacer creer a su víctima que es su única fuente de apoyo. De hecho, es habitual que el maltratador aísle a su víctima de sus otros familiares y amigos, de manera que esta termina sintiéndose sola, sin saber a quién recurrir para recibir ayuda.
• Negación o minimización del abuso. En algunos casos, la víctima puede negarse a reconocer el abuso, como un mecanismo de defensa para protegerse cuando siente que no tiene otra solución. Es común que la víctima le reste importancia al maltrato pensando que es algo habitual o buscando excusas para expiar al maltratador. Después de todo, si el maltratador es su principal fuente de ayuda y sustento, es comprensible que la víctima intente verlo con los ojos más positivos posible.
• Culpabilidad y vergüenza por el abuso. Muchas veces las víctimas de violencia intrafamiliar terminan desarrollando la visión del mundo que les ha impuesto el maltratador, es habitual que se sientan responsables y culpables por lo que sucede. En algunos casos incluso sienten vergüenza, les da pena reconocer ante otras personas lo que pasa en su casa.
• Amor. Puede ser difícil de entender, pero en muchos casos la víctima mantiene la relación de abuso simplemente porque ama al maltratador, o más bien, a la imagen idealizada que tiene de este.
Tipos de violencia intrafamiliar
• Violencia de pareja. La violencia conyugal es toda aquella que ejerce uno de los miembros de la pareja sobre el otro con el objetivo de someter a la víctima, generando con ello daños físicos y psicológicos. Este tipo de violencia intrafamiliar es más común del hombre hacia la mujer, pero también existen casos en los que la víctima es el hombre, sobre todo cuando se ejerce una violencia psicológica.
De hecho, la violencia de pareja incluye una serie de comportamientos, actitudes, sentimientos y formas de relacionarse complejos que producen daño y malestar grave en la víctima, arrebatándole su dignidad.
Toda relación en la que exista un gran desbalance de poder y en la que uno de sus miembros someta y manipule al otro, implica una situación en la que se violentan los derechos del otro.
• Violencia paterno-filial. Los padres deberían ser la fuente de apoyo y validación emocional de sus hijos, pero no siempre es así. En ocasiones se instauran situaciones de violencia doméstica en las cuales los niños se convierten en víctimas.
La violencia paterno-filial puede manifestarse de muchas maneras. El maltrato físico es una de las más comunes en la edad infantil ya que los niños se encuentran indefensos, y van desde golpes hasta quemaduras y sacudidas violentas que pueden provocar graves lesiones en los pequeños.
Una forma especial de este tipo de violencia intrafamiliar es la negligencia emocional, que implica que los padres no satisfacen las necesidades afectivas de sus hijos, asumiendo una actitud distante que en muchas ocasiones también genera una negligencia en la satisfacción de sus necesidades más básicas.
El maltrato psicológico también es frecuente, manifestándose bajo formas como la hostilidad verbal, desprecios, rechazos, indiferencia, amenazas y confinamiento. Estos tipos de maltrato influyen negativamente en el desarrollo de la personalidad infantil, impidiéndole desarrollar un apego seguro, que es indispensable para su posterior vida social y autoestima.
• Violencia filio-parental. Este tipo de violencia, también conocida como violencia ascendente, es la que ejercen los hijos contra sus progenitores. La violencia filio-parental ha aumentado de manera significativa en los últimos años, tratándose de una serie de conductas reiteradas de agresión física (golpes, empujones, arrojar objetos), verbal (insultos repetidos, amenazas) o no verbal (gestos amenazadores, ruptura de objetos apreciados) dirigida a los padres o a los adultos que ocupan su lugar.
Aunque este tipo de violencia intrafamiliar puede ocurrir en un amplio espectro de edades, es cada vez más común en la adolescencia. Generalmente estos padres referían problemas en la crianza desde una edad temprana.
La violencia filio-parental ha estado relacionada con prácticas educativas permisivas, negligentes y con la ausencia física o emocional del padre. La no coincidencia de los estilos educativos del padre y de la madre también son un factor de riesgo para que se produzcan casos de violencia ascendente.

Consecuencias de la violencia intrafamiliar
La violencia intrafamiliar deja profundas huellas psicológicas, algunas de las cuales tardan años en desaparecer o incluso demandan terapia. Por ejemplo, la violencia infantil se ha relacionado con un mayor riesgo a desarrollar trastornos psiquiátricos, mientras que la violencia en sentido general aumenta el riesgo de desarrollar problemas psicológicos en quien la sufre.
En muchos casos, la víctima comienza a padecer ansiedad o depresión. También es habitual que recurra a determinadas sustancias para escapar de una realidad en la que se siente prisionera, como pueden ser los psicofármacos. En otros casos, puede comenzar a comer compulsivamente, como una estrategia para calmar las emociones.
La violencia intrafamiliar termina afectando la salud física y mental, hasta tal punto que muchas de estas personas incluso dejan de ser conscientes del peligro que corren y no son capaces de protegerse.
Maltrato psicológico familiar: ¿Qué hacer?
Necesitamos comprender que el amor no debe doler, sea el que sea. El amor implica confianza, protección, respeto al otro, comunicación y conexión emocional. Compartir la vida con alguien, ya sea la pareja, un hijo o un padre, debe ser una fuente de alegría, no de sufrimiento. Si el amor duele, es que no es de tu talla. Y hay que hacer algo para remediarlo.
Si eres víctima de abusos o conoces a alguien que lo es, debes saber que existen instituciones públicas y organizaciones sin ánimo de lucro que pueden ayudarte. Dejar a un lado la vergüenza y hablar sobre lo que te sucede con otras personas te permitirá encontrar la ayuda que necesitas. Un psicólogo puede ayudarte, pero también existen foros online y grupos de apoyo locales que pueden tenderte una mano.

Fuentes:
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