Rosi Pires Dos Santos libra una batalla diaria por su derecho a la salud. En el día de ayer se viralizó una imagen de ella, sentada bajo la lluvia en espera de una ambulancia que nunca llegó.
Rosi, quien padece diabetes, perdió una pierna y un pie a causa de la enfermedad. Su tratamiento requiere curaciones tres veces por semana: lunes, miércoles y viernes. Sin embargo, la ambulancia que debería trasladarla al hospital raramente cumple con su llegada a tiempo, dejándola en una incertidumbre constante. «Nosotros llamamos a las 7 de la mañana y esperamos en la esquina, pero no viene», relata con resignación. El martes y el miércoles tampoco acudieron.
Vive en el asentamiento La Vía donde las ambulancias no pueden ingresar, por lo que debe desplazarse hasta una esquina cercana para esperar. A veces, un vecino solidario la ayuda a trasladarse, pero la espera puede prolongarse por horas, y muchas veces el vehículo simplemente no aparece. «Ayer llamamos y esperamos hasta las 10 de la mañana. No dieron respuesta. Colgaron el teléfono», cuenta Rosemary.
Su realidad no solo está marcada por la ausencia de asistencia médica, sino también por dificultades económicas. Vive con su hija de 19 años y dos nietos. Con una pensión del MIDES de apenas 8.000 pesos, debe enfrentar los gastos del hogar y sus necesidades médicas. «Pagar las cuentas, pero si no, ¿cómo comer?», se pregunta.
La difusión de su historia despertó la solidaridad de la comunidad. Una enfermera, Ana Correa, se ofreció voluntariamente a realizarle las curaciones. «Vino anoche y le pregunté cuánto me cobraba. Me dijo ‘nada'», cuenta Rosi, con una mezcla de alivio y agradecimiento.
A pesar de la adversidad, mantiene la fortaleza y el espíritu de lucha. «Me siento feliz. ¿Qué voy a hacer, no? Los vecinos me ayudan».